lunes, 29 de septiembre de 2014

La Iglesia de San Ginés, antes y ahora (2)

Hace cuatro años iniciamos la serie “Antes y ahora”, con la que pretendemos analizar la evolución que han tenido nuestros monumentos. La primera entrega de esta sección estuvo dedicada a la Parroquia de San Ginés, a la que acudimos otra vez, tras descubrir nuevas fotografías históricas, fechadas entre 1927 y 1936, que amplían la información que teníamos sobre ella.

Si bien las primeras referencias de esta iglesia, una de las más antiguas de Madrid, se sitúan en el siglo XII, su estructura definitiva es resultado de las actuaciones desarrolladas a partir de 1645, a las que siguieron otras de menor entidad en los siglos XVIII, XIX y XX.

En 1868, en el contexto reformista que vivía el urbanismo madrileño, estuvo a punto de ser demolida, por indicaciones expresas del ayuntamiento. Se consideraba que el templo afeaba el entorno, especialmente la fachada que da a la Calle del Arenal, y que su solar podía ser aprovechado para crear equipamientos sociales o viviendas.

Fue su párroco, José Moreno Montalbo, quien consiguió salvarla. Hizo una encendida defensa de su iglesia, argumentando que la falta de estética no era aplicable a todo el conjunto, sino que provenía de un cuerpo levantado en el segundo piso de la citada fachada. Si se procedía a la eliminación de este elemento, el problema se resolvía de inmediato.

Tan convincente resultó que el consistorio recapacitó sobre el derribo e instó al sacerdote a ejecutar la remodelación, aunque bajo directrices municipales. El proyecto fue firmado por el arquitecto José María Aguilar, quien, en línea con las recreaciones historicistas de la época, propuso una ornamentación neoplateresca, muy alejada de las trazas barrocas del templo.

Este desfase de estilos provocó la feroz oposición del Arzobispado de Toledo, del que por entonces dependía eclesiásticamente la capital, y por supuesto del cura, que llegó a decir lo siguiente: “déjese el Señor Aguilar de renacimientos muy a propósito para lucirse, pero no para provecho de mi iglesia, donde como vieja y de fundación poco adornada, no pegan demasiado".

De nada valió su resistencia. Las obras se llevaron finalmente a cabo, con un presupuesto de 174.155 ducados, entre los años 1870 y 1872. Fruto de las mismas fue la adecuación del solar de la Calle del Arenal, históricamente ocupado por un cementerio, como un atrio. Éste fue delimitado con una verja de considerable altura y convertido en la entrada principal del templo.




Al tiempo, fue erigida una nueva fachada de aire renacentista, concebida en dos alturas. En la parte baja fue abierto un pórtico, formado por tres arcos carpanel, al que se accedía por medio de una escalera protegida por una baulastrada curvada.




En el piso alto se dispusieron tres ventanas, compartiendo eje con los arcos del pórtico. La central alcanzaba un alto valor compositivo, pues estaba presidida por un frontón triangular y custodiada a cada lado por una columna y una pilastra.

Este esquema decorativo se repetía en las dos construcciones laterales que flanqueaban el atrio, existentes desde el siglo XVIII. Sus ventanas superiores fueron enmarcadas con pilastras muy similares a las del vano central que acabamos de describir, mientras que las inferiores contaban además con un copete a modo de remate.




En una postal anterior a 1914 hemos podido comprobar que estos dos anexos estaban coronados con una balaustrada, profusamente decorada, que no aparecen en las fotos históricas que hemos incluido más arriba, captadas, como se ha comentado, entre 1927 y 1936. Tal vez se retiraron por su mal estado.




En las restantes fachadas de la iglesia no se intervino, con lo que el efecto final era el de un edificio heterogéneo e inconexo. Afortunadamente todo él fue revocado, con apariencia de sillares de piedra, un recurso que, mal que bien, contribuía a una cierta sensación de unidad.

Todos estos desmanes fueron corregidos a partir de 1956, cuando se le dio a la iglesia su fisonomía actual, más acorde con el estilo barroco con el que fue diseñada. No solo fueron retirados los ornatos renacentistas, sino que el revoco fue sustituido por una fábrica de ladrillo, con cajas de mampostería.

El flanco de la Calle del Arenal fue recrecido con una tercera altura y un frontón superior, que le permiten destacarse sobre los dos cuerpos laterales y alcanzar el protagonismo que merece una fachada principal. Por su parte, el atrio -sin duda, la gran aportación de la reforma anterior- fue simplificado con una verja más discreta y la retirada de los balaústres.

Fotografías

Las fotografías históricas que ilustran el reportaje pertenecen al Archivo Loty de la Fototeca del Patrimonio Histórico, excepción hecha de la incluida en último lugar, que es una postal de J. Lacoste, propiedad del Museo de Historia de Madrid. Las fotos a color son de autoría propia.

Bibliografía

La Parroquia de San Ginés, de María Belén Basanta. Cuadernos de Arte e Iconografía, tomo IX, números 17 y 18. Madrid, 2000

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- El 'greco' de la Iglesia de San Ginés
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lunes, 22 de septiembre de 2014

De cuando Madrid era un palmeral

A pesar de su difícil encaje en la climatología del centro peninsular, la palmera fue uno de los árboles más comunes de la capital a finales del siglo XIX y principios del XX. Analizamos su presencia por medio de dieciséis imágenes históricas, que nos ofrecen una estampa de Madrid entre sorprendente y exótica.

Plaza de la Independencia 

Uno de los primeros lugares en contar con esta especie vegetal fue la Plaza de la Independencia, como así se evidencia en la siguiente fotografía, tomada en el año 1900 desde la misma Puerta de Alcalá.


Postal de 1900. Hauser y Menet.

Coincidiendo con el ensanche del Barrio de Salamanca, la Plaza de la Independencia fue acondicionada con una triple alineación de árboles en las aceras y un jardín alrededor de la Puerta de Alcalá, a partir de un plan ideado por Ángel Fernández de los Ríos en 1868. En los primeros años del siglo XX el citado jardín estaba integrado preferentemente por palmeras.


Archivo Ruiz Vernacci. Fototeca del Patrimonio Histórico.

Salón del Prado

Pero si hubo algún recinto que destacara por sus palmerales, ése fue sin duda el Salón del Prado. Fueron plantados en 1905, dentro de un calculado proyecto de ajardinamiento, llevado a cabo por la Dirección de Parques y Jardines del consistorio, cuyo titular en aquel entonces era el ingeniero agrónomo Celedonio Rodrigáñez (1860-1913).


Postal de 1910.

Al parecer, el paseo se encontraba bastante deteriorado, sin las frondosas arboledas que le habían hecho famoso en los siglos XVII, XVIII y XIX. "Es un desierto que, como el Sáhara, tiene sus huracanes de arena y donde el sol abrasa al transeúnte, tostándole de arriba abajo y de abajo arriba" (ABC, 14 de julio de 1904).


Postal  de 1920.

La intervención no fue bien recibida por diferentes sectores, que cuestionaron su conversión en parque, en detrimento del concepto de paseo. "Crecerán las palmeras allí colocadas; las flores formarán vistosos cuadros, y con sus hojas y sus perfumes pondrán un punto a las alegres escenas allí desarrolladas en pasados siglos, y ni siquiera las infantiles voces y risas de los pequeñuelos darán típico carácter al desfigurado paseo" (La Época, 2 de agosto de 1905).

Archivo Ruiz Vernacci. Año 1918. Fototeca del Patrimonio Histórico.

Avanzado el siglo XX, las críticas se hicieron más fuertes. Lo que en un principio parecían ser simples palmeras enanas terminaron creciendo hasta obstaculizar la visión de los edificios y fuentes. Especial atención merecía el Museo del Prado, que, al margen de las plantaciones del propio paseo, contaba con una densa masa vegetal en la explanada que hay junto a su fachada.


Archivo Loty. Anterior a 1936. Fototeca del Patrimonio Histórico.

A iniciativa del célebre jardinero Javier de Winthuysen (1874-1956), en 1935 le fue encargado al arquitecto Fernando García Mercadal (1896-1985) un plan para modificar los jardines del paseo, incluidos los situados junto al museo. Éste fue el fin de los palmerales del Salón del Prado.

"Los jardines del Prado, como bosques de palmeras, podrían tener un cierto interés si el clima de Madrid fuese el de Málaga o Alicante, donde existen espléndidos jardines públicos con magníficos ejemplares de palmeras, pero, como tales jardines, podemos afirmar que no existen" (La Construcción Moderna, 15 de diciembre de 1935).

Otras plazas


Postal de entre 1916 y 1927. J. Roig.

La moda de las palmeras se extendió a otros espacios urbanos. Es el caso de la Plaza de Isabel II, que fue poblada con estos árboles también a partir de 1905, cuando fue instalada la estatua de la reina. O de la Plaza Mayor, cuyos desaparecidos jardines fueron construidos en 1848, si bien tenemos la impresión de que las palmeras fueron introducidas a comienzos del siglo XX.


Fotografía de 1943.

La Plaza de Colón tampoco escapó a esta corriente paisajística. A los pies del monumento del almirante fueron creados unos jardines, similares a los de la Plaza de la Independencia, aunque de mayores dimensiones, que igualmente fueron decorados con palmeras.


Postal de entre 1906 y 1914. Lacoste.

Calle Mayor

Por increíble que parezca, la Calle Mayor también fue ajardinada con varios ejemplares de esta especie vegetal. Hubo un pequeño palmeral a la altura de la Plaza de la Villa, que actuaba como línea de separación entre la calle y la explanada donde se levanta la estatua a Don Álvaro Bazán.


Archivo Ruiz Vernacci. Entre 1910 y 1950. Fototeca del Patrimonio Histórico.

En la embocadura de la Calle Mayor con la del Sacramento volvemos a encontrarnos con estos árboles. Adornaban la base del Monumento a las víctimas del atentado contra Alfonso XIII, una obra de Enrique Repullés y Vargas que fue desmantelada durante la Segunda República (1931-1939) y sustituida en la segunda mitad del siglo XX por un ángel de bronce.


Fotografía de principios del siglo XX.

Enfrente de la fachada de la Iglesia del Sacramento (actual Catedral de las Fuerzas Armadas) hubo otra palmera, que llegó a alcanzar unas dimensiones considerables y que imaginamos constituiría un obstáculo no solo para la vista, sino también para el tránsito de fieles.


Archivo Loty. Anterior a 1936. Fototeca del Patrimonio Histórico.

Jardines históricos

En este repaso histórico no podían faltar los Jardines del Buen Retiro. Además de en parterres y cuadros, las palmeras se utilizaron para la decoración perimetral de algunos hitos monumentales, como la Fuente de la Alcachofa, ubicada en las inmediaciones del Estanque Grande.

Archivo Loty. Anterior a 1936. Fototeca del Patrimonio Histórico.

No muy lejos de la Fuente de la Alcachofa se encuentra la de los Galápagos (o de Isabel II), que también fue ornamentada con varios ejemplares de esta especie vegetal.


Postal de principios del siglo XX. Hauser y Menet.

La estatua de Goya que hoy día custodia una de las entradas del al Museo del Prado estuvo, en un primer momento, en el Paseo de Coches, junto a la Casa de Fieras. La siguiente fotografía nos la muestra en el citado emplazamiento, rodeada, cómo no, de palmeras.

Fotografía de 1902.

Y terminamos en el Campo del Moro y, más concretamente, en la Fuente de los Tritones, una de las más antiguas que tenemos en Madrid, donde los jardineros repitieron el mismo esquema que acabamos de ver en las tres imágenes anteriores.


Archivo Moreno. Fototeca del Patrimonio Histórico.

lunes, 15 de septiembre de 2014

Zoo de Madrid

Nos dirigimos al Zoo de Madrid, en la Casa de Campo, considerado uno de los más importantes del mundo por sus colecciones de animales y capacidad de cría, aunque nuestra visita no responde tanto a un interés biológico como arquitectónico.

Es también uno de los más antiguos, el segundo a juicio de diferentes analistas, por detrás del de Viena. Sus orígenes hay que buscarlos en la Casa de Fieras que Carlos III mandó levantar en 1774 en la Cuesta de Moyano, que posteriormente sería trasladada al Buen Retiro.

Aquí tuvo dos enclaves, en un primer momento en las inmediaciones de la Puerta de Alcalá y, desde 1830, en los Jardines de Herrero Palacios, junto a la Puerta de Sainz de Baranda. De esta última sede se conservan distintos edificios originales, entre ellos el de la Leonera, que desde 2013 funciona como biblioteca.

















En 1972 fue inaugurado el actual recinto de la Casa de Campo, bajo el impulso del ingeniero de caminos Antonio Lleó de la Viña. El proyecto recayó sobre Javier Carvajal (1926-2013), una figura clave en la arquitectura española de la segunda mitad del siglo XX, a quien, no obstante, siempre acompañó la controversia, sobre todo por ser el artífice de la discutida Torre de Valencia.

Tampoco el nuevo zoo permaneció ajeno a la polémica. Fueron muchas las voces que criticaron su ubicación en la Casa de Campo, por cuanto suponía sacrificar una superficie forestal de más de 250.000 metros cuadrados.

















El proyecto, que contó con el asesoramiento del Zoo de Barcelona y de personalidades como Félix Rodríguez de la Fuente (1928-1980), se hizo siguiendo modelos muy adelantados para la época, si bien es cierto que, vistos a día de hoy, se encuentran obsoletos.

Las especies fueron distribuidas según criterios zoogeográficos y dispuestas en instalaciones abiertas, dotadas con cobijos climatizados, donde se recreaban artificialmente, sin falsas imitaciones naturalistas, los territorios de cada una de ellas.

















Acostumbrados a las angostas jaulas de la antigua Casa de Fieras del Retiro, los madrileños celebraron la amplitud de los nuevos albergues para animales, que parecían estar en libertad, apenas separados del público visitante por un foso, con o sin agua, o por un simple cercado.

Todos estos avances técnicos encontraban traslación en un lenguaje arquitectónico absolutamente moderno, en el que quedaban sintetizados el funcionalismo, el organicismo y el expresionismo, tres corrientes que siempre estuvieron presentes en la carrera de Carvajal.

















El autor se valió del hormigón encofrado para crear estructuras de fuerte plasticidad, inspiradas en la geología, con un profundo sentido escultórico. Tanto es así que muchas de ellas fueron diseñadas por escultores profesionales, como es el caso de José Luis Sánchez y José Luis Subirats.

Maqueta del albergue para osos pardos. José Luis Sánchez, 1971.

Los albergues para animales se convertían en sugerentes mapas geológicos, donde los desfiladeros y las quebradas, las fallas y los estratos, las mesetas y las montañas, las cavernas y las grietas se reinterpretaban en forma de trazados cartesianos, volúmenes escalonados, líneas multidireccionales o plataformas de inspiración racionalista.

















Esta reinvención de la naturaleza se hacía a partir de un tratamiento pétreo, directamente relacionado con el trabajo de los canteros. El hormigón, elevado a la categoría de material noble, se vestía de estrías, vetas y otras marcas típicas del citado oficio, al tiempo que se dividía en bloques, como si estuviera a punto de ser extraído de la cantera.



En otras ocasiones se adoptaban soluciones netamente organicistas, con una menor fuerza de lo pétreo, que, en la línea de otras creaciones de Javier Carvajal, buscaban una integración con los elementos de jardinería, por medio de cubiertas con plantaciones o cornisas voladas.

Si, en el terreno artístico, el tiempo ha situado al Zoo de Madrid como un brillante exponente de la arquitectura recreativa del siglo XX, no ha ocurrido lo mismo en lo que respecta a la idoneidad de sus instalaciones, consideradas por los expertos demasiado agresivas para los animales.

De ahí que se haya procedido a la remodelación de distintos albergues, con recreaciones que imitan miméticamente los hábitats de las especies. Así ha ocurrido con el recinto para osos pardos que José Luis Sánchez diseñó en 1971, al que se le ha superpuesto una nueva estructura de tipo naturalista.















En la fotografía superior, que hemos sacado del foro "Zoos del mundo", podemos ver las instalaciones tal y como fueron ideadas por Sánchez. Más abajo se aprecia su estado actual, con la cobertura que acabamos de señalar.


lunes, 8 de septiembre de 2014

La capilla funeraria de Juana de Austria

Una de las muchas joyas que guarda el Monasterio de las Descalzas Reales es el sepulcro de su fundadora, Juana de Austria, una obra maestra del arte funerario español y todo un hito de la escultura renacentista. Se encuentra en una pequeña capilla de la iglesia conventual, que, pese a su enorme valor artístico, no puede visitarse.



Hija del emperador Carlos I, hermana de Felipe II y madre del rey portugués Sebastián I, Juana de Austria (1535-1573) fue una de las personalidades más influyentes del siglo XVI. Nació en Madrid, en el palacio del tesorero Alonso Gutiérrez, un notable edificio sobre el que, en 1557, la infanta fundaría el convento en el que reposan sus restos.

Poco antes de su muerte, acaecida en el Monasterio de El Escorial, cuando apenas contaba con 37 años de edad, Juana de Austria dejó dispuesto cómo quería que fuese su enterramiento. Pidió expresamente recibir sepultura en las Descalzas Reales y que su cuerpo no fuera embalsamado, "muriendo como quiero morir en el hábito de San Francisco".

También dio instrucciones sobre su capilla funeraria, que debería ubicarse en el presbiterio, en el mismo lugar donde acostumbraba a rezar, e incluso tuvo tiempo para contratar al arquitecto real Juan de Herrera (1530-1597) para que la diseñara.


Altar mayor y puerta de acceso a la capilla funeraria.

Los trabajos dieron comienzo en 1574, un año después de su fallecimiento, con un presupuesto de 7.000 ducados, legados por ella misma. De manera provisional, sus restos fueron depositados en una capilla lateral, dedicada a San Juan Bautista, su patrón onomástico.

La pintura que preside la citada capilla fue realizada sobre mármol negro por Gaspar Becerra (1520-1568). Es uno de los pocos elementos de la decoración renacentista original que han pervivido, tras el incendio que asoló la iglesia en 1862. También se conserva un San Sebastián del mismo autor, no así el retablo mayor, que desapareció pasto de las llamas.


'San Juan Bautista', de Gaspar Becerra.

Volviendo a la capilla funeraria que nos ocupa, el nicho y el tabernáculo que le da cobertura fueron encomendados al artista lombardo Jacome da Trezzo (1515-1589), quien empleó materiales suntuosos, como mármoles, jaspes y bronce. El conjunto es de aire clasicista, con pilastras de orden jónico.


Por su parte, Pompeo Leoni (1533-1608) labró la estatua orante situada sobre el sepulcro, por encargo directo de Felipe II. Se trataba del primer bulto funerario que el escultor milanés realizaba en España, cuyo concepto aplicaría posteriormente a los grupos escultóricos de la Basílica del Monasterio de El Escorial.



Leoni utilizó como modelo el retrato que Sánchez Coello (1531-1588) le hizo a la infanta en 1557, aunque con algunas variaciones, como la postura arrodillada o la presencia de un colgante con la efigie del monarca, en lugar del rubí que aparece en el cuadro.


'Juana de Austria', de Alonso Sánchez Coello. Palacio de Ambras, Innsbruck (Austria).

La escultura es de mármol de Carrara y tiene 1,3 metros de alto, 1,6 de ancho y 0,9 de profundidad. Juana de Austria está rezando delante de un reclinatorio, en el que hay depositado un libro de oración, abierto por el Magníficat de los Evangelios, además de una corona. Los dedos no son los originales, sino que fueron incorporados en época reciente.



En el frontal del nicho de enterramiento, puede leerse la siguiente leyenda: "Aquí yace la Serenísima Señora Doña Juana de Austria, Infanta de España, Princesa de de Portugal, Gobernadora de estos reynos, hija del Emperador Carlos V, muger del Príncipe Don Juan de Portugal, madre del rey Don Sebastián. Murió de 37 años, día 7 de septiembre de 1573".



Fotografías

Debido a la inaccesibilidad de la capilla funeraria, las fotografías que se incluyen del sepulcro no son nuestras (sí lo son la de la fachada de la iglesia, la del altar mayor y la de la pintura de Gaspar Becerra). Proceden de varias páginas de Internet, sin que hayamos podido citar a sus autores, al no encontrarse identificadas.

lunes, 1 de septiembre de 2014

Árboles singulares del Buen Retiro

En la Comunidad de Madrid existen 257 árboles singulares, así catalogados por la administración por sus valores biológicos, estéticos, históricos o, sencillamente, por su porte y envergadura. Estamos hablando de auténticos monumentos naturales, equivalentes a los bienes de interés cultural de nuestro patrimonio artístico.

Sesenta de ellos, casi la cuarta parte del inventario, se encuentran dentro del término municipal de la capital, preferentemente en parques y jardines. En el Buen Retiro habitan seis de estos árboles, que nos disponemos a visitar.

Ahuehuete del Parterre

Nuestro primer destino es el famoso ahuehuete del Parterre, considerado como el árbol más viejo del Buen Retiro y, probablemente, de Madrid. Mide unos 25 metros de alto y el perímetro de su tronco es de 5,5 metros.



Se cree que fue plantado en 1633, coincidiendo con el trazado de este jardín histórico, aunque no todo el mundo comparte esta hipótesis. Las voces críticas sostienen que, de ser cierta esa datación, lo más probable es que hubiese sido eliminado cuando se construyó el Parterre a principios del siglo XVIII.



En cualquier caso, estamos ante un soberbio ejemplar de esta especie originaria de México, denominada científicamente Taxodium mucronatum. Posee un curioso tronco en forma de candelabro, que, según la tradición, fue utilizado por los franceses como apoyo y escondrijo de un cañón de artillería, durante la Guerra de la Independencia (1808-1814).

Pino carrasco de la Rosaleda

Este impresionante pino carrasco (Pinus balepensis) tiene una altura de 35 metros, apenas cinco metros menos que la torre central del Palacio de Cibeles. Su antigüedad también es impresionante, aproximadamente 200-220 años, lo que significa que se encuentra en el límite de edad para lo que es normal en su especie. Además de por su tamaño, el árbol puede ser reconocido por la poca densidad de su copa y porque tiene una rama rota.



Palmito grande de la Ría de Patinar

La Ría de Patinar es un estanque en forma de anillo, que fue creado en 1876 para posibilitar la práctica del patinaje sobre hielo en los meses de invierno. A su alrededor hay varias plantaciones de árboles y arbustos, entre los que sobresale un palmito grande o palmera de Fortune (Tracbycarpus fortunei), de buenas dimensiones.



Ciprés de los pantanos del Palacio de Cristal

El estanque del Palacio de Cristal es el hábitat de un grupo de cipreses de los pantanos o cipreses calvos (Taxodium distichum), una especie procedente del sudeste de Estados Unidos, no demasiado abundante en los jardines madrileños, que se caracteriza por su capacidad de adaptación a los medios húmedos. De todos ellos, el que ha merecido la distinción de árbol singular es el situado más al este, por su mejor estado de conservación.



Arce plateado de los Jardines de Cecilio Rodríguez

Este imponente árbol es uno de los pocos arces plateados (Acer sacchariunum) que tenemos en Madrid. Está enclavado junto a la Fuente de las Gaviotas, dentro de los Jardines de Cecilio Rodríguez, que se construyeron en el año 1941.



Llega hasta los 20 metros de altura. Su copa es globosa y su tronco se encuentra ramificado en cuatro grandes tramos, que arrancan desde los 1,25 metros.



Cedro del Monumento a Martínez Campos

Nuestro paseo concluye en la confluencia de la Avenida del Perú con la Plaza de Guatemala, donde se halla el Monumento al General. Martínez Campos. Muy cerca de este hito se levanta un magnífico cedro del Líbano (Cedrus x libanotica), de porte estrecho y copa irregular, que destaca por sus 33 metros de altura y sus casi 3,5 metros de perímetro. Su edad oscila entre los 100 y 125 años.


lunes, 25 de agosto de 2014

Bañarse en el Manzanares (2)

Hace más de cuatro años publicamos el reportaje "Bañarse en el Manzanares", en el que, por medio de fotografías antiguas, dábamos cuenta de esta vieja costumbre, que, por increíble que parezca, todavía pervive en lugares como el Monte de El Pardo o, fuera de la capital, La Pedriza.

Hemos encontrado nuevas imágenes, la mayoría de los años treinta del siglo XX, cuando las excursiones a los tramos agrestes del río empezaron a popularizarse entre las familias madrileñas. Pero también hay fotos urbanas, aunque, en este caso, no se ven familias, solamente niños, a quienes no parecía importarles que el Manzanares estuviese canalizado.

















Siguiendo un orden cronológico, comenzamos con esta fotografía de 1930, en la que creemos reconocer el Puente de San Fernando. Llama la atención la mezcolanza de tipos que se dan cita en el lugar, desde personas vestidas de calle hasta bañistas ataviados como tales, pasando por niños que van completamente desnudos.

















Continuamos en el año 1930. La búsqueda de enclaves naturales, donde la calidad de las aguas era mayor, era una constante en las excursiones al río. Las riberas arenosas, libres de vegetación, eran las más concurridas por los bañistas.














La escasa profundidad de las aguas permitía que los niños se bañaran sin apenas peligro, más allá de determinadas zonas de charcas o pozas, estas últimas provocadas por la extracción de arenas. La fotografía es de 1931.

















Nos situamos ahora en 1933, en el tramo urbano del río. La primera canalización del Manzanares nunca fue un obstáculo para los bañistas. Muy al contrario, las pequeñas presas que salpicaban el cauce constituían auténticas piscinas naturales, a las que acudían niños y adolescentes.















Esta imagen de 1934, tomada a la altura del Puente de Segovia, corrobora la idoneidad de la primera canalización para la práctica del baño. El canal tenía una inclinación muy suave, que posibilitaba un acceso muy cómodo al cauce.















La apertura de la Playa de Madrid en 1932 supuso un punto de inflexión, al dignificar al río y a los bañistas. Considerada la primera playa artificial que se construyó en España, estaba articulada alrededor de un embalse de 80.000 metros cúbicos, en las cercanías del Hipódromo de la Zarzuela.















No abandonamos la Playa de Madrid, un complejo que, además del baño, permitía la realización de otras actividades recreativas, entre ellas los paseos en barca, como éste que vemos en la imagen superior, captada en julio de 1933.



Las excursiones que se hacían al Manzanares durante los meses estivales han generado miles de fotografías personales, convertidas hoy día en verdaderos documentos históricos. Aquí vemos a un niño posando junto al río, en el año 1946.













El Puente de los Franceses era uno de los sitios preferidos para el baño, tal vez por su ubicación a medio camino entre la parte urbana y los parajes silvestres. La imagen es de la década de los cincuenta.













Y terminamos en 1955, en las inmediaciones de Puerta de Hierro. Varias personas se refrescan los pies en la corriente, haciendo honor al embajador Rhebiner, cuando pronunció la lapidaria frase de que el Manzanares era "el mejor río de Europa" pues tenía la ventaja de ser "navegable a coche y a caballo". Y, por supuesto, a pie.